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La Generación del Treinta, en Grecia, no es un asunto
fácil de tratar. Señala un giro fundamental en la sociedad griega
respecto a la apreciación que ella tiene de si misma. Señala la
derrota de una concepción de Grecia, avalada por las potencias y
la intelectualidad europea del siglo 19.
Quizás la idea predominante de Grecia sobre sí misma -y permítaseme
este giro- durante el siglo 19 sea el que el estado, recién en formación,
no considera que la completación de su gesta libertaria iniciada
en 1821 se haya logrado. En el imaginario colectivo ésta no es posible
mientras haya compatriotas que viven bajo la autoridad de la Sublime
Puerta y mientras las tierras ancestrales sigan bajo el dominio
otomano. No hay cabida, por tanto, a la reflexión de Grecia sobre
si misma, en la medida que aparece como urgente la necesidad de
ayudar a los compatriotas a liberarse del opresor. De este modo,
La Gran Idea toma cuerpo y se hace, hacia finales del siglo 19,
un imperativo que se ve aparentemente beneficiado luego de las guerras
balcánicas -a través de las que se logra entre otras cosas la reincorporación
de Tesalónica al nuevo estado griego- y de la Primera Guerra Mundial,
provocando una suerte de fiebre que empuja a la malhadada aventura
de la incursión en Anatolia con la desastrosa consecuencia de perder
las ciudades griegas de Asia Menor y el arribo de cerca de un millón
y medio de refugiados griegos al nuevo estado heleno.
Sólo en El Pireo y Atenas se instalan más del 80% de los refugiados
de Asia Menor, con lo cual la ciudad crece de manera intempestiva
generando bolsones marginales antes desconocidos para el recién
formado estado y se introducen además formas y modos que eran particulares
de los habitantes griegos de Asia Menor. Pero estos no son más que
algunos datos que dan cuenta de la gran convulsión que se produce
en Grecia con el término de la cosmovisión imperante durante el
siglo anterior. El asunto concreto es que se produce un derrumbe
del cual aparentemente no hay modo de salir.
Para entender esta cuestión habría que decir que durante el siglo
diecinueve y antes, durante la dominación otomana, la noción de
ser griego no respondía necesariamente a una pertenencia geográfica
sino más bien a la pertenencia a una lengua, religión y cultura
comunes. Es decir, era tan griego el heleno habitante de Esmirna
o Constantinopla (hoy Estambul), súbdito de la Sublime Puerta como
el habitante de Tesalia o el Peloponeso, súbditos del novel estado
griego, o como el habitante heleno de Alejandría que compartía la
ciudad con ingleses, italianos y árabes. El ser griego era entonces
- y me atrevería a decir que continúa siéndolo, aunque desde un
ángulo de visión diferente ya- una forma de entender el mundo, un
modo de relacionarse con el entorno y una determinada concepción
de la participación en el conjunto social, determinada por dos fuentes
fundamentales, a saber: una memoria colectiva, quizás difusa tal
vez, del universo panteístico individualista y político de la Grecia
clásica precristiana, con su concepción de la virtud y el materialismo
pragmático inherente a ella y la memoria más reciente -aunque no
tanto- de la austeridad y severidad, fastuosa a veces, del cristianismo
convertido en estado teocrático como lo fue Bizancio y ambas presentes
simultáneamente a través de una lengua de más de dos mil quinientos
años de vida continua. Y este universo, hasta antes de la Catástrofe
de Asia Menor, μικρασιατικη καταστροφή como la llaman los griegos
hoy en día, tuvo la gracia de no verse constreñido a límites geográficos.
Gozaba, por tanto, el griego de una libertad de movimiento impresionante,
tanto en términos geográficos como espirituales, sin el menor asomo
de perder su identidad en tanto que heleno, era lo que llamaríamos
en el día de hoy, ciudadano del mundo. (Indudablemente que lo sigue
siendo, basta saber que hay en casi todas partes del mundo comunidades
griegas formadas por emigrantes que siguen manteniendo -de manera
cada vez más esforzada, por cierto, - el sello de la grecidad.)
Pero el golpe que significa la derrota militar y el fin de La Gran
Idea, en términos de sucumbir a la modernidad constriñendo a una
nación sin fronteras a un claro y preciso espacio geográfico, produjo
a mi entender el anonadamiento y la perplejidad que hundieron en
la inmovilidad el quehacer intelectual griego de la década del veinte.
Se suma a ello la constante convulsión política de principios de
siglo que lleva en algún momento a la abolición de la monarquía
y luego a la reinstalación de ella, a la sucesión de gobiernos liberales
y conservadores monarquistas que terminan con la implantación de
la dictadura de Ioannis Metaxás. Pero lo que aquí nos interesa,
es el fenómeno literario.
Las voces de los poetas que marcan el sello de lo que el profesor
Mario Vitti llama la generación del veinte, parecen no poder arrancar
del pesimismo de la derrota. Pareciera ser que imposibilitados de
sobreponerse a las experiencias traumáticas de la guerra toman distancia
de cualquier iniciativa de cambio o liberación y se desligan de
toda lucha, de toda participación social y se entregan a los “viajes
de placer”, como dice el mismo profesor Vitti. Los poetas que hacen
su primera aparición en los años de la guerra, parece ser que usan
de los viajes sólo para escapar del tedio de la vida cotidiana y
de las dificultades de ese tiempo. Parecen estar demasiado debilitados
por las vicisitudes y la inseguridad política de su época como para
hacerse cargo de ella, leerla, interpretarla y darle una salida;
no logran atisbar una esperanza que pueda desembocar en energía
vital. La poesía parece funcionar en ellos como una forma de confesión
de su incapacidad para enfrentar el mundo y a la vez como válvula
de escape para aliviar la incomodidad de su espíritu. Cito al profesor
Mario Vitti: “Las consecuencias sociales y demográficas de la
ola de inmigrantes de Asia menor, luego de una larga y agotadora
guerra acentúan la ya agudizada situación. Frente al revuelo social
e ideológico y al reordenamiento poblacional que fatalmente provocarán
un giro en la marcha de la intelectualidad griega, los poetas del
20 permanecen provocadoramente indiferentes y apáticos.” Y
esto llega a tal punto que el escritor y crítico Fotos Politis afirma:
“En ninguna parte inquietud interior, en ninguna parte una intención
hacia el prójimo. Ninguna forma crece de nuestra vida común. Nuestras
palabras son fáciles, groseras, pálidas y tambaleantes... La naturaleza
griega está hoy día muerta y desierta y sobre ella deambula el vaho
calcinante del individualismo sin freno. Pero la flor de la poesía
no crece en extensiones arenosas y calcinadas.”
A partir de esta cita pareciera ser que se instala en la generación
de los poetas que publican sus obras en este período de guerras
y de derrota militar la certeza de que algo intrínsecamente propio
ha muerto de manera irremediable: Grecia. La Hélade, entonces, de
acuerdo a esta afirmación de Politis sería posible si, y solo si,
el delirante proyecto de la Gran Idea hubiese llegado a buen término,
y esta afirmación no hace sino dejar en evidencia que la concepción
que la intelectualidad griega tiene de su país está determinada
por el inmovilismo histórico. Esto significa que no ha habido una
visión hacia adelante, hacia el futuro, sino sólo hacia atrás y
que por lo tanto, Grecia, como la mujer de Lot, se ha convertido
en estatua de sal. Y este inmovilismo no puede sino generar angustia,
depresión y por lo tanto tedio.
Y es a tal punto insuperable el tedio de vivir que el poeta Kariotakis
llega a escribir “toda realidad me es abominable”, es tan inconmensurable
la desesperanza que incluso, el mismo Kariotakis, demora su suicidio
anunciándolo en el poema
“SUICIDAS IDEALES”
Todo terminó. He aquí la nota,
breve, simple, profunda, como corresponde,
de indiferencia, llena, de perdón
para aquél que ha de llorarla y de leerla.
Miran el espejo, miran la hora,
preguntan si es error acaso o locura,
“todo terminó” susurran “ahora”,
que han de postergar, seguros, en el fondo.
De modo similar, sin una salida posible, en la incapacidad de afrontar
como el “fecundo en ardides Ulises” las nuevas circunstancias, el
único deseo parece ser acelerar el fin, como ocurre con Kostas Uranis
para quien la vida se convierte en un naufragio:
“Dejen ya de lanzar la señal de peligro,
los aullidos de la histérica sirena detengan
y abandonen el timón en manos de la tormenta:
el naufragio más horrible sería el salvarnos!”
Y cuando la fe sigue presente, lo hace de manera perversa, no en
una visión hacia el futuro, no con la esperanza de la vuelta de
la rueda de la fortuna, sino fijándose enclavado en la memoria dolorosa,
transformándola en culpa. Entonces, no sólo en la desesperanza se
manifiesta la derrota para esta generación, también aparece la culpa,
que es otra forma de la negación de la vida, aunque por lo menos
requiere de la vigorosidad de relacionarse con el entorno para poder
dar esta respuesta, y esta es la postura que adopta el poeta Takis
Papatsonis:
Me siento que soy un hombre manchado,
de un rico jardín con flores y fuentes
noche y día por fuera de sus Rejas camino
y no veo que se abra la Gran Puerta para entrar.
Frente a esta postura no cabe sino preguntare ¿qué es lo que se
ha perdido tan irremediablemente que no hay otra salida sino la
negación de la vida o la culpa que no permite gozar de ella? Porque
si lo que se ha perdido es una idea prefabricada de Grecia, un ansia
de grandeza que no correspondía en absoluto a las actuales coordenadas
histórico-sociales del país, si lo que se ha perdido es la visión
extática e idealizada que durante el siglo diecinueve Europa tenía
del universo clásico griego, una visión “congelada” como la llama
el poeta Elytis, y en gran medida equivocada si es que no falsa,
tendríamos que conceder que el carácter de lo helénico que se pretendía
perpetuar, no era sino la forma externa y no la esencia de la grecidad.
Pero lo que más llama la atención en esta generación de poetas del
veinte, es que pareciera que viven aislados de lo que ocurre en
sus países inmediatamente vecinos. Es como si hubiesen caído en
el más profundo sopor del narcisismo y se desentendieran de que
la convulsión social e histórica no sólo ha provocado una estrepitosa
caída y derrota de las pretensiones griegas, sino que hace su irrupción
también en Italia, con el ascenso del fascismo que pretende recrear
de mano del Duce el imperio romano, que el fin de la guerra ha provocado
el comienzo del desmembramiento del imperio otomano, que paralelamente
al fascismo, el gobierno bolchevique instaura también un régimen
totalitario y que ambas concepciones del estado pretenden tener
la panacea para la solución de los problemas sociales.
Hasta aquí, creo que podemos dejar esta especie de introducción
al tema que nos interesa. El hecho fundamental radica en que de
manera inmediatamente posterior se produce una eclosión de vitalidad
que puede ser explicada de muchas maneras pero que por el momento
me interesa dibujar, señalar, dar un poco del aroma de su atmósfera.
Como ocurre con el desierto florido, de la manera más inesperada
un hálito de pujanza vital comienza a recorrer las sombrías estancias
donde la Hélade llora su equivocada muerte. Desde la muerte aparece
la nueva vida y este será un tópico recurrente en la poesía de Odysseas
Elytis, el de la resurrección. Comienza Grecia a verse a si misma
como continuidad ya no externa, sino como -y permítaseme esta desviación
metafísica- una continuidad del alma, de la lengua, vuelve a mirar
hacia el Egeo, hacia la arquitectura humilde y extremadamente bella
que se encarama, como cuerpos que crecen interminablemente, por
los secos riscos de las islas insuflando de vida la aridez del paisaje.
Desde estas ruinas, desde esta negra pesadumbre, de la memoria
de la guerra y de la derrota, frente a este callejón ciego, cuando
la concepción de Grecia que imperaba ha caído como un ídolo de barro
y lo que queda no es sino la realidad tangible, los olivares y viñedos
y el mar, patria profunda de los griegos, cuando el lamento parece
ocultar la realidad bajo un velo autocompasivo y, más que eso, autodestructivo,
la Grecia muerta y desierta como la percibía Fotos Politis, vuelve
a mirarse y a buscar su voz, y encuentra su verbo nuevo y vigoroso
en la Generación del Treinta. Las transformaciones sociales que
se han producido en Europa, especialmente a partir de la revolución
de Octubre en Rusia, que han transformado al proletariado en un
actor decisivo en la política occidental, hacen su aparición en
Grecia, en términos literarios, claro está, de la mano del poeta
Nikitas Randos, seudónimo de Nikolaos Kalamaris, -quien escribe
además con los seudónimos M. Spieros y Nikos Kalas- el que habiendo
asimilado las tendencias vanguardistas de la época se alza en contra
de los poetas melancólicos y lúgubres contraponiendo una sensualidad
provocadora. Su palabra, irritante, persigue impresionar y provocar:
En otra parte otras voces
bodegas marcadas con potentes mandatos
besan cuerpos, que no los quieren,
y caminos, sensuales extensiones de las obras
se lanzan a los barcos
donde con los cuerpos semidesnudos de los obreros
si acaso el sol dulcemente los entibia
se cansan en las horas de descanso
encendiendo velas a Afrodita.
Pero éste sólo asoma la visión de un universo otro, abre una ventana
y es en eso un precursor. Le otorga al mar una nueva dimensión de
vida que lo hace afín de inmediato -y esta será la tónica de esta
generación- a los incansables marinos que surcaron desde siempre
y en la misma lengua que ahora las turbulentas y mansas aguas del
mediterráneo oriental.
Basta su voz.
tenía el color del mar cuando golpea las rocas
su pecho como gruta abierta abrazaba todos los tiempos
bebía los mistrales las canículas las mansas aguas de Mayo
Se derramó su voz dentro de todos los sonidos
de la salvaje vida de las costas sureñas de Creta.
y sus dolidas palabras relucían por el tono de justa ira.
El poeta Yorgos Sarantaris trae la voz prístina de sus preocupaciones
metafísicas, abriendo caminos a una expresión sustanciosa, directa,
imponente con proyecciones a lo absoluto.
VIENTO
Oh los pájaros que oíamos
No quedaron pájaros
Se hicieron de pronto vientos
y nos enloquecen.
Lo interesante que se produce en Sarantaris, y que denota un regreso
a las cosas tangibles, en términos de expresar un universo espiritual
a través del universo material -otro rasgo común de esta generación,
es la austeridad de recursos:
Enjambres los deseos
Las esperanzas, las niñas de nuestro ojos
estrujaron la tristeza
sobrepasaron al sol
guardaron su luz
el árbol con las raíces
con sus frutos con los astros
Plasmando las entrañas de la salud.
También, hace su irrupción en las letras griegas de ese tiempo,
por primera vez de manera consciente y tangible, la corriente estética
más nueva de Europa, el surrealismo, de la mano del poeta Andreas
Embirikos. Si bien su poesía permanece de las menos asequibles al
lector común y es de alguna manera una lectura para iniciados, su
influencia en el desarrollo de las nuevas tendencias de la poesía
griega es no sólo innegable sino de todo punto de vista fundamental.
Con él la construcción poética queda patentemente libre y no es
de extrañar que uno de sus grandes amigos e iniciados por él en
esta nueva tendencia sea el poeta Elytis, que si bien acoge los
métodos de la escritura automática los desecha en términos de privilegiar
la construcción más consciente del poema, pero teniendo ya en la
mano la herramienta que le permite recorrer con la mayor libertad
el universo de las asociaciones posibles. Pero Embirikos no es el
único surrealista de esta generación, lo es también Nikos Engonópulos,
con la diferencia de que el primero viene directamente de la fuente,
es amigo personal de André Bréton y es también miembro de la sociedad
psicoanalítica y sicoanalista él mismo, disciplina fundamental para
el surrealismo en la medida que persigue liberar las manifestaciones
del inconsciente. Me disculparán por no leerles textos de ninguno
de estos dos poetas, pero la verdad es que son realmente intraducibles,
dado que juegan con la lengua katharevousa o purificante de modo
de hacer de éste la parte más sustancial del poema, puesto que en
castellano no tenemos esa particularidad idiomática, la traducción
no sería ni la sombra de lo que ellos han escrito.
Podríamos hablar largamente de estos poetas, podríamos referirnos,
también, de manera extensa a Yannis Ritsos y a Nikiforos Vrettakos
que forman asimismo parte de esta generación, y que abrazan tempranamente
la causa social, especialmente Ritsos al irrumpir en la escena literaria
griega luego de la matanza obrera de mayo de 1937 en Salónica, con
su poema Epitafio, musicalizado por Mikis
Theodorakis de manera magistral. Pero hemos estado insinuando de
distintas formas y quizás sin mucho ímpetu que lo que se produce
con esta generación es fundamentalmente la recuperación de la esencia
helénica. Y esto es lo que me interesa en este momento recalcar.
Para muchos, especialmente en el occidente católico y protestante,
existen dos Grecias. Una, y es la que aprendemos incluso nosotros
en nuestros liceos, que la entiende como una civilización extinguida
allá por el año 170 antes de Cristo, cuando pasa a ser provincia
romana, y otra la de las islas de casitas blancas, con mujeres vestidas
de negro y de hermosas playas. Para otros, un poco más conocedores,
aparece una tercera Grecia algo confusa y confundida entre las intrigas
palaciegas de Bizancio. Pero aunque estas tres visiones se juntaran
así una al lado de la otra no poseen para los no griegos, incluso
para muchos de ellos, especialmente los partidarios de la Gran Idea,
una continuidad. Lo que realmente produce la eclosión intelectual
que se llamó Generación del Treinta, es precisamente un giro en
esta concepción y logra sacar del marasmo de la derrota a la generación
anterior precisamente porque al entender a Grecia como una continuidad,
se la entiende como una sociedad y -por qué no- como una civilización
viva, que por lo tanto tiene movilidad en el tiempo hacia adelante
y hacia atrás. Porque el problema de la reconstrucción del pasado,
como verbi gracia, pretendía -simplificando, por supuesto- la Gran
Idea, es, como ya lo he dicho antes, que se consideran cerradas
las puertas del futuro. El ser griego, por lo tanto, y este es un
descubrimiento esencial, no son determinados monumentos, sino que
es una manera de entender el mundo, de relacionarse con la realidad
material circundante tratando de aprehenderla, de transformarla,
de transmutarla. Por lo tanto no es importante recrear el Partenón
o el Templo de Artemisa en Efeso, sino descubrir los mecanismos
del espíritu que hicieron posible la construcción de ellos y por
lo tanto de otros más nuevos y actuales aún. Yorgos Seferis, da
de alguna manera la pauta de esto con su poema Mithistorima (Novela
o mito historiado) al rehacer el viaje de Odiseo, esta vez en sentido
inverso, otra vez en 24 poemas, correspondientes, por supuesto,
a las veinticuatro rapsodias de la Odisea de Homero e incluyendo
en ellos todo el universo de la civilización griega desde entonces
hasta nuestros días en imágenes que pasan por el misterio ortodoxo,
palabras de platón y la cruda realidad de una Grecia sumida en el
desgarro de las convulsiones sociales y de la derrota. Indudablemente
que aquí lo que logra Seferis es unir lo heredado con la renovación
del verbo poético.
IV
ARGONAUATAS.
Y el alma
si quiere conocerse a si misma
a un alma debe mirar1
vimos al enemigo y al extraño en el espejo.
Eran buenos los muchachos los compañeros, no gritaban
ni por la fatiga ni la helada ni la sed,
tenían la manera de los árboles y de las olas
que reciben el viento y la lluvia
reciben la noche y el sol
sin cambiar dentro del cambio.
Eran buenos muchachos, días enteros
transpiraban al remo con los ojos bajos
respirando al ritmo
y su sangre enrojecía una piel sometida.
Una vez cantaron con los ojos bajos
al pasar la isla desierta con los nopales
hacia el poniente, más allá del cabo de los perros
que ladraban.
Si quiere conocerse a si misma, decían
a un alma debe mirar, decían
y los remos golpeaban el oro del ponto
dentro del crepúsculo.
Pasamos cabos muchos muchas islas del mar
que trae la otra mar, gaviotas y focas.
A veces mujeres desventuradas aullando
lloraban sus niños perdidos
y enfurecidas, otras, rondaban a Alejandro
y glorias hundidas en el fondo del Asia.
Anclamos en costas llenas de aromas nocturnos
con cantos de pájaros, aguas que dejaban en las manos
la memoria de una gran ventura.
Mas los viajes no acababan.
Sus almas se hicieron uno con los remos y las chumaceras
con la cara seria de la proa
con el surco del timón
con el agua que quebraba sus figuras.
Los compañeros se fueron terminando d a uno
con los ojos bajos. Sus remos
enseñan el lugar donde duermen en la playa
Nadie los recuerda. Justicia.
XII
BOTELLA EN EL MAR
Tres rocas unos pocos pinos quemados y una ermita
y más arriba
el mismo paisaje copiado recomienza;
tres rocas en forma de portal, oxidadas
unos pocos pinos quemados, negros y amarillos
y una casita cuadrada enterrada en la cal;
y hacia arriba muchas veces todavía
el mismo paisaje recomienza escalonado
hasta el horizonte hasta el cielo que reina.
Recalamos la nave aquí para remendar los remos quebrados
beber agua y dormir.
La mar que nos amargaba es profunda e insondable
y extiende una calma infinita.
Entre los guijos, aquí, encontramos una moneda
y la jugamos a los dados.
La ganó el más pequeño y se perdió.
Volvimos a embarcarnos con nuestro remos quebrados.
Si aparentemente en Seferis hay un dolor por las cosas perdidas,
por el pasado ido, indudablemente fluye en su verbo una esperanza
irreductible por el futuro.
En su poema Tres Poemas Ocultos, logra traer a nuestros días la
antigua tragedia clásica y hacerla patente para nosotros en nuestra
realidad. Logra con una voz serena y llena de pesares, que para
nada son autocompasivos, establecer un puente indeleble que unifica
toda la historia y la vida del pueblo griego.
TRES POEMAS OCULTOS.
SOBRE UN RAYO DE SOL INVERNAL
III
Los compañeros me habían vuelto loco
con teodolitos sextantes brújulas
y telescopios que agrandan las cosas -
mejor se hubieran quedado lejos.
Dónde nos llevarán tales caminos?
Sin embargo el día aquel que comenzó
puede aún no se ha apagado
con un fuego en una quebrada como rosa
y un mar anáero a los pies de Dios.
VII
La llama sana la llama
no con el gotear de los momentos
sino un destello, de repente;
como la pasión que se acopló a la otra pasión
y restaron clavadas
o cual
ritmo de música que queda
ahí al centro como estatua
inamovible.
No es pasaje este respiro
conducción del rayo.
EN ESCENA
El mar; cómo así se puso el mar?
Tardé años en los cerros;
me cegaron las lucernas.
Ahora en esta playa espero
que algún humano arribe
un despojo una balsa.
Pero puede supurar el mar?
Un delfín lo rajó una vez
y otra vez aun
la punta del ala de una gaviota.
Y era sin embargo dulce la ola
donde caía de niño y nadaba
y aun, cuando muchacho
mientras rondaba formas en las piedras,
buscando ritmos,
me habló el Viejo del Mar:3
“Yo soy tu tierra;
quizá no sea nadie
pero puedo transformarme en lo que quieras”.
Odysseas Elytis, el Benjamín de la Generación del Treinta, por su
parte, afirma en su texto “Cartas Abiertas” “Grecia, hace tiempo
he llegado a esta conclusión, es una sensación concreta –merecería
encontrarse un símbolo gráfico para ella- cuyo análisis, el encuentro
de sus correspondencias en todos los campos, reproduce de manera
automática y a cada momento su historia, su naturaleza, su fisonomía”
y es desde esta perspectiva que se detiene otra vez a mirar la naturaleza
del paisaje griego y redescubre la sensualidad profunda que los
olivares y viñedos tienen desde siempre consigo, olivares y viñedos
que han acompañado al hombre griego desde siempre y que son quizás
uno de los aportes más significativos y más soslayados de su legado
al mundo actual.
EDAD DE LA MEMORIA AZUL
Olivares y viñedos lejos hasta el mar
Pesqueros rojos más lejos hasta la memoria
Élitros dorados de agosto en el sueño de mediodía
Con algas o conchas. Y ese bote
Recién varado, verde, que reza todavía en la paz del seno de las
aguas Quiera Dios
Pasaron los años hojas o guijarros
Recuerdo la muchachada, los marinos que partían
tiñendo sus velas como sus corazones
Cantaban los cuatro puntos cardinales
Y tenían dibujados tramontanas en el pecho.
Qué buscaba cuando llegaste teñida por el despuntar del sol
Con la edad del mar en los ojos
Y con la salud del sol en el cuerpo -qué buscaba
En lo profundo de las grutas marinas en los sueños anchos
Donde espumaba sus sentimientos el aire
Desconocido y azul, grabando en mi pecho su emblema pelágico.
Con la arena en los dedos cerraba los dedos
Con la arena en los dedos apretaba los dedos
Era el tormento-
Recuerdo era abril cuando sentí primera vez tu peso humano
Tu cuerpo humano greda y pecado
Como nuestro primer día en la tierra
Festejaban las amarilidáceas -pero recuerdo doliste
Fue una mordedura profunda en los labios
Un profundo uñazo en la piel hacia donde el tiempo se marca perpetuamente
Te dejé entonces
Y un soplo sonoro levantó las blancas casas
Los blancos sentimientos recién lavados arriba
Al cielo que iluminaba con una sonrisa.
Ahora tendré a mi alcance un cántaro de agua inmortal
Tendré una forma de libertad de viento que sacude
Y aquellas tus manos donde se atormentará el Amor
Y esa tu concha donde resonará el Egeo.
Pero la naturaleza para Elytis no es un simple marco escenográfico
donde se desarrollan acontecimientos que puedan tener algún carácter
bucólico, creo que la armonía que busca está profundamente ligada
al movimiento continuo, como si la clave de la comprensión de lo
helénico, su conocimiento, estuviera en el enunciado heraclitiano
de que todo fluye y nada es nunca lo mismo sino siempre una realidad
nueva. Es entonces la grecidad, más que una pertenencia a un espacio
geográfico concreto, una forma de mirar y de relacionarse con ese
entorno Quizás si su referencia constante a la naturaleza esté profundamente
marcada por ese fragmento de Heráclito que nos dice que la naturaleza
ama esconderse (φύσις κρυπτεσθαι φιλεί) y es por tanto en ella donde
se pueda encontrar la clave de esa mecánica que hizo y hace posible
la esencia de lo griego.
En su poema Dignum Est, se permite recurrir a la forma y la simbología
bizantinas para darnos cuenta de la Grecia actual, no tiene reparos
en volver a usar el verbo homérico, giros idiomáticos de otros tiempos
y con eso da cuenta también de la continuidad de la lengua griega
X
En mi cara se burlaron los nuevos Alejandrinos
ved, dijeron, el ingenuo peregrino del siglo!
El indolente
que cuando todos nosotros nos lamentamos éste se alegra
y cuando todos nos alegramos
éste, sin causa, se ensombrece.
Nuestros gritos adelante sobrepasa indiferente
y lo que nos es invisible,
con la oreja en la piedra
serio y solo vigila.
El que no tiene amigo ninguno
ni partidario,
que se confía sólo a su cuerpo
y el gran misterio en las espinudas hojas del sol va buscando,
éste es,
el expulsado de las ferias del siglo!
Ya que seso o tiene
y de lágrimas ajenas no saca ganancia
y en el arbusto que quema nuestra agonía
se permite solamente orinar.
El anticristo e insensible demonista del siglo!
Que cuando todos nosotros llevamos luto,
este se viste de sol.
Y cuando sarcásticamente hablamos
se viste de idea.
Y cuando paz anunciamos,
lleva el puñal.
En mi cara los nuevos Alejandrinos se burlaron!
Para cerrar con este poeta gigante, me gustaría leerles un poema,
escrito en sus inicios como escritor, en el que se enuncia, quizás
de manera no muy definida aún esta concepción o deberíamos decir
sensación de Grecia que el poeta descubre como motor de lo helénico.
ANIVERSARIO
...even the weariest river
winds somewhere safe to sea!
Traje hasta aquí mi vida
A esta marca que lucha
Siempre cerca del mar
Juventud encima de las rocas, pecho
Con pecho hacia el viento
Dónde irá un hombre
Que otra cosa no es que hombre
Contando con el rocío sus verdes
Momentos, con agua las visiones
De su oído, con alas sus remordimientos
Ah, vida
Del niño que se hace hombre
Siempre cerca del mar cuando el sol
Le enseña a respirar del lado en que se borra
La sombra de una gaviota.
Traje hasta aquí mi vida
Blanca medición oscura suma
Unos pocos árboles unos pocos
Guijarros mojados
Dedos livianos para acariciar una frente
Qué frente
Toda la noche lloraron las espera y no hay ya
Nadie hay ya
Para escuchar u paso libre
Para despuntar una descansada voz
En la muralla las popas chapotear trazando
Nombre más glauco en su horizonte
Unos pocos años unas pocas olas
Un remar sensible
En las ensenadas alrededor del amor.
Traje hasta aquí mi vida
Amarga rajadura en la arena que se borra
-Quién vio dos ojos rozar su silencio
Y se fundió en la solana cerrando mil mundos
Que recuerde su sangre a los otros soles
Más cerca de la luz
Hay una sonrisa pagando la llama-
Pero aquí en el paisaje ignorante que se pierde
En un mar abierto y despiadado
Se deshoja el sueño
Torbellinos de plumas
De momentos adheridos a la tierra
Tierra dura bajo las impacientes
Plantas, tierra hecha para el vértigo
Volcán muerto.
Traje hasta aquí mi vida
Piedra ofrendada al elemento acuoso
Más allá de las islas
Más abajo de la ola
En la vecindad de las anclas
-Cuando pasan quillas rajando con pasión
Un nuevo obstáculo y lo vecen
Y con todos sus delfines se acrecienta la esperanza
Logro del sol en un corazón humano-
Las redes de la duda cogen
Una forma de sal
Tallada con esfuerzo
Indiferente blanca
Que vuelve hacia el mar el vacío de sus ojos
Sosteniendo el infinito.
Con estos dos poetas, máximos representantes de la literatura griega
del siglo 20, ambos Premios Nobel de Literatura, y con la generación
del treinta en general, Grecia ha logrado reconstruir en y para
este siglo y también para los venideros, muchos partenones, muchas
Ateneas de Fidias y varias veces los ídolos cicladíticos y minoicos
y la grandeza de Constantino Paleologo y de Anna Comnena y todas
las obras que en el pasado los griegos legaron a la humanidad.
Dedicatorias anteriores:
Kazantzakis Mistrás
y sus filósofos (Diciembre 2005)
Kavafis
en Alejandría (Noviembre 2005)
Nikos Kazantzakis
(Octubre 2005)
La Caída de la
Dictadura Militar (Julio 2005) nnnnnnn
Justiniano (Junio
2005)
Constantino Kavafis (Mayo),
551 años de la Caída de Constantinopla (Junio)
Alejandro Papadiamandis (Julio)
Odiseo Elytis (Agosto)
María Callas (Octubre)
Aniversario del "OXI"
(Noviembre)
Manos Hatzidakis (Diciembre)
Mikis Theodorakis (Enero)
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