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Agia Sofía - 537 D.C.
El 29 de mayo de 2004, se cumplen 551 años de la Caída de Constantinopla, que había sido inaugurada el 11 de mayo del año 330, por el emperador Constantino el Grande, sobre la base de la colonia griega antigua de Bizancio (fundada en el siglo VII a. C.). Por la magnificencia de la cultura en ella desarrollada, mereció ser llamada durante once siglos la “Ciudad Reina”.
Durante el milenio de su vida, centrado en su capital, Constantinopla, punto de confluencia de las rutas marítimas y terrestres; emporio de intercambio de bienes materiales; centro de influencias espirituales y gran taller de creaciones artísticas, Bizancio resistió la embestida de pueblos de diversos orígenes: persas, godos, hunos, lombardos, eslavos, ávaros, árabes, búlgaros, rusos, húngaros, “latinos” en general, y, finalmente, turcos. De ellos se defendió con todos los medios a su alcance: sus fuerzas armadas, su diplomacia, su dinero, su prestigio, y poniendo en práctica una hábil ductibilidad política de claro sello helénico, una proverbial capacidad de compromiso, así como dando muestras también de un realismo anticipatorio de la política renacentista.
El período de la agonía política de Bizancio, que se inicia en 1204, con su conquista por la Cuarta Cruzada, coincide con su último florecimiento cultural, acaso el más grande de su historia. Aunque Constantinopla había sido siempre “indiscutiblemente la capital de la cultura europea”, la época de los Paleólogos – la última dinastía – fue sobresaliente en el plano intelectual y artístico. “Los mosaicos y frescos del temprano siglo XIV en la iglesia del Monasterio de Jora, en Constantinopla, muestran un vigor, una frescura y una belleza que hacen parecer primitivas las obras italianas de ese período. Obras de similar calidad fueron producidas [...] en Tesalónica”. Los monumentos arquitectónicos del período no son muchos, pero son extraordinarios. Baste recordar los monasterios de Jora y Panmacáristos y las hermosas iglesias de Mistrás. Grandes figuras del intelecto brillaron en el siglo XIV: el místico Nicolás Cabasilas, el historiador Nicéforo Gregoras, los filósofos Demetrio Cydones y Akyndinos, el teólogo Gregorio Palamás; el gran político, intelectual y mecenas del arte Teodoro Metoquita; el emperador y luego monje Juan Cantacuzeno.
El impulso arrollador de los turcos otomanos, que habían puesto pie en Europa en 1354, en Galípolis, continúa hasta el 29 de mayo de 1453, cuando, después de una resistencia verdaderamente epopéyica a un sitio de casi dos meses, cae la Ciudad de Constantino, sede gloriosa del espíritu y las artes durante más de mil años – gymnasium optimarum artium, escuela de las mayores artes, como la llama Besarión -, sin que se concrete ningún auxilio importante de parte de la cristiandad occidental. Junto con la Ciudad Reina, sucumbe heroicamente el último emperador, Constantino Paleólogo.
El Imperio Bizantino fue un mundo inmenso, vasto en el tiempo y en sus realizaciones espirituales y materiales. Lleno de claras luces, y, naturalmente, no sin algunas sombras. Estado mutinacional, cuyos aglutinantes eran la lengua y cultura griegas y la religión cristiana ortodoxa, debió vivir, como vimos, en guerra. A pesar de esto, las letras y las artes poseyeron en Constantinopla, y en otros centros urbanos bizantinos, una sede magnífica durante mil años. Constantinopla veneró, estudió, guardó y preservó el tesoro de la cultura clásica. Allí se copiaron pacientemente, una y otra vez, los más preciosos textos antiguos, salvándolos de la destrucción y el olvido, y entregándolos al mundo como base de la cultura occidental y de los ideales humanistas universales.
Las letras, la filología, la filosofía, la teología, dieron nombres ilustres, como el Patriarca Focio, Miguel Psellós, Niceta Acominatos, Ana Comnena, Nicéforo Gregoras, Eustacio de Tesalónica, Jorge Ghemistós (Plethón), Manuel y Juan Chrisoloras y tantos otros. Los últimos nombrados emigraron a Occidente y, junto con otros sabios como el Arzobispo de Nicea Besarión, Ianos y Constantino Láscaris, Ioanis Aryirópulos, Jorge Trebizondio, Demetrio Chalcocondilis, Marcos Musuros, desempeñaron fecundo magisterio en Italia y otros países occidentales; tradujeron y editaron a los autores clásicos; enseñaron la lengua griega; difundieron la cultura helénica. De este modo, Bizancio, en su agonía, entregó un aporte fecundo a Occidente y a su Renacimiento, después de haber sido durante siglos el gran muro que protegió a la cristiandad, salvándola, con su sacrificio, de destructoras invasiones.
Pero la obra de Bizancio no se limita a la preservación de una gran cultura pasada, a su cultivo, a su entrega a Occidente y a pueblos, como los eslavos; no se restringe a las letras, la filología, la filosofía, la teología. La música y las artes arquitectónicas y figurativas tuvieron también en Bizancio un gran esplendor y dejaron sus destellos tanto en el mundo oriental como en el occidental. Acaso la muestra más espléndida de ese arte es Santa Sofía, el templo de la Santa Sabiduría de Dios, inaugurado por Justiniano el año 537, monumento de grandeza, riqueza y majestuosidad inigualada, obra de arquitectos y artistas griegos. Doce siglos después, en 1786, el más ilustre hijo del continente americano, Francisco de Miranda, Precursor, héroe y mártir de la independencia hispanoamericana, visita el templo y escribe, maravillado, que su grandeza supera todo lo visto por él (y mucho había visto) y, entre otros edificios célebres, supera a los de San Pablo en Londres, el Escorial en España y San Pedro en Roma.
La Iglesia de la Santa Sabiduría de Dios (Santa Sofía), la de la Santa Paz de Dios (Santa Irene) y tantos otros magníficos templos de Constantinopla y de las grandes ciudades del Imperio; las pinturas y mosaicos conservados; las miniaturas, las joyas, los manuscritos iluminados, pese a tantas destrucciones y saqueos, dan testimonio de una creatividad y originalidad artísticas extraordinarias.
Ese arte y esa cultura no se encerraron sólo en los muros de los templos, monasterios, palacios y bibliotecas bizantinas ni en las fronteras del Imperio. Recibieron y entregaron influencias. Esa cultura se prodigó a otros países y pueblos. Como escribe el profesor Nikos Zías, “en su dimensión a la vez real y mítica, realista y trascendente, Bizancio reconcilia los contrarios, permitiendo al alma humana dar toda la medida de su riqueza, sin jamás perder de vista la eternidad de lo divino”. El Imperio Bizantino vivió mil años entre Oriente y Occidente, legando a ambos valiosos y perdurables destellos de su luz.
Para los griegos, Bizancio representa el período medieval de su historia, a través del cual pasa a ellos y al mundo occidental la cultura griega clásica, tesoro que Constantinopla estudió y preservó, con su sacrificio.
Miguel Castillo Didier
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